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“La lengua materna nos da identidad; hablarla siempre será motivo de orgullo y no de vergüenza”

  • Foto del escritor: MDyC Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía
    MDyC Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía
  • hace 12 minutos
  • 4 Min. de lectura
  • Artículo de opinión de Jóvenes por la Dignidad con motivo del Día Internacional de la Lengua Materna


¿Cuál es nuestra lengua materna? Más bien, ¿qué entendemos como lengua materna? ¿Son los sonidos que escuchamos cuando estamos en el vientre de nuestra madre? ¿Las órdenes, los consejos, las conversaciones que nos brindan nuestros padres en la educación desde que nacemos? ¿Lo que los profesores nos enseñan a escuchar, leer y escribir en el colegio, a darle sentido en nuestra cabeza y poder plasmarlo luego en un cuaderno? ¿Lo es todo, quizá? 


Para el psicólogo soviético Lev Vygotsky no es solo un medio de comunicación, sino la herramienta cultural fundamental que moldea el pensamiento y el desarrollo cognitivo. Su dominio es crucial para estructurar los procesos mentales y facilitar el aprendizaje, actuando como una “herramienta psicológica primaria”. No obstante, con motivo del Día Internacional de la Lengua Materna y el odio creciente en Europa de manera descontrolada hacia el diferente, queremos trasladarnos a una dimensión un tanto tenebrosa de la lingüística: la del racismo.


El racismo tiene, por supuesto, un aspecto lingüístico: los racistas creen que su lengua, junto con otras muchas características de su cultura, es superior a la de las “razas inferiores”. Es este el pretexto que se utiliza normalmente (consciente o inconscientemente) para imponer diversas doctrinas políticas sobre los grupos raciales subordinados proponiéndose en nombre de la “mejora” de la situación de los colectivos menos afortunados.


El racismo no se basa en el conocimiento del otro sino más bien en la ignorancia acerca del mismo. Se apoya en elaboraciones míticas consistentes en integrar en una sola imagen diversos elementos constitutivos de una cultura nacional y en organizar una representación del origen. Desde hace unos años estamos asistiendo a una nueva manifestación del racismo que se aleja de los prejuicios declarados para dar paso a formas más sutiles que se han denominado bajo el epígrafe de racismo simbólico. Este guarda cierto contacto con la realidad, que aunque es distorsionada, no se sustituye por prejuicios imaginarios sino que posee la capacidad de elaborar explicaciones “racionales” que remiten a la idea de problemas sociales muy reales. Afirmar que una escuela con alta tasa de extranjeros que no habla la lengua nacional va en detrimento del resto del alumnado es un ejemplo de ello.


Partiendo de la idea del “relativismo lingüístico” y que cada lengua supone para sus hablantes una visión particular del mundo, es importante señalar la influencia de los medios de comunicación y que ahora utilizan también las redes sociales, muchos de ellos fuertemente ligados a instituciones de poder, formaciones políticas o grupos de élite, puesto que juegan un papel muy específico en nuestras sociedades modernas y es el de la reproducción de la hegemonía basado en el consenso y estructurado ideológicamente. Es decir, los medios de comunicación construyen una estructura interpretativa en vez de transmitir las creencias dominantes directamente, en cambio, lo que se pretende es articular cómo debe pensar la gente. 


Quienes se ven realmente indefensos ante esta situación son los más jóvenes, pues todavía no han logrado desarrollar plenamente una capacidad crítica y pasan muchas horas del día consumiendo horas de pantalla del televisor o el celular, lo que conlleva en la creación de protoesquemas raciales basados en el discurso de los programas u “opinólogos” favoritos.


Un caso realmente impactante es el de los hablantes de lenguas nativas mexicanas como el otomí, que supuso un reto por sus peculiaridades para los hablantes de lenguas indoeuropeas por la predominancia de fonemas nasales y su carácter de lengua tonal, pues posee más de un tono para distinguir vocales o sílabas. El acento de estos tiende a ser marginalizado o motivo de burla, llegando a ser representados en televisión como un pueblo poco inteligente o atrasado. E incluso se llegó a pensar que sus hablantes no serían capaces de aprender correctamente el español.


Otro caso igual de impactante pero más oscuro es el de los shibboleth, palabra que proviene del hebreo y significa “espiga o torrente de agua”. Esta se utilizó como contraseña para identificar a miembros de un grupo enemigo (el de los efraimitas en el Libro de los Jueces) por su incapacidad de pronunciar correctamente el sonido “sh”, ya que decían “sibboleth” en vez de “shibboleth”, diferenciándolos de esta manera de los galaaditas, esta característica dio lugar a una masacre de efraimitas. Muchos pueblos a lo largo de la historia adoptaron esta “estratagema” con el fin de marcar exclusiones centrándose en particularidades de sus lenguas frente a otras, lo que conllevó a la segregación y la creación de fronteras.


En definitiva, la lengua materna nos da identidad, nos enseña a tener carácter y a hacernos crecer como personas, a estrechar lazos con los demás y a ser nosotros mismos. Hablar nuestra lengua materna debe ser motivo de orgullo, no de vergüenza, ni tampoco debe generarnos miedo; es de esto de lo que se alimenta el que odia. Para él, aprender a respetar a los demás es “adoctrinamiento”; sin embargo, imponer una visión etnocentrista de la realidad no es adoctrinamiento, sino la mejor forma de dar estabilidad y valor a la sociedad, borrando de esta manera cualquier huella cultural diferente. 


Una aplicación del dogma del “destino manifiesto” siempre que haga falta para dominar y someter a los indefensos o desafortunados. Las sociedades modernas basadas en el respeto y los derechos humanos van camino de la desintegración por las mismas incongruencias del sistema capitalista en el que vivimos. Ante esta situación tan preocupante, bienaventurados los pacificadores.


 
 
 

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